Hay algo que importa…

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‘Nada’. Autor: Jane Teller. Editorial: Seix Barral. Octava Edición.

“Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”. Son palabras de Pierre Anthon, niño danés de 14 años, protagonista de un magnífico libro que compré de casualidad ésta semana en el aeropuerto mientras esperaba tomar el vuelo hacia Tabasco. Comencé a leerlo y no pude detenerme hasta devorarlo ahí mismo. Lo terminé en un par de horas y me erizó la piel, movió algo en mí. Al recorrer la última línea y cerrar el libro contra mi voluntad -quizá por el temor a perder el tumulto de emociones que me generó-, no pude evitar pensar en las miles de personas que diariamente pierden el sentido de sus vidas. Cómo cada día, en un país donde la violencia azota sin interrupción ni descanso alguno, se hace más difícil significar nuestra existencia, nuestro propio devenir, como colectivo o como individuos.

“Nada importa… así que no merece la pena hacer nada”, parecemos repetir una y otra vez, como si al repetirlo nos convenciéramos de que es verdad. Como si al reafirmarlo tejiéramos una invisible manta que nos brindara protección y amparo. Como buscando refugio, cobijo, asilo. Cuando lo que en verdad buscamos muchas veces es un simple pero poderoso pretexto. Una excusa para resignarnos.

Debo reconocer que fue lo que me pasó mientras miraba absorto la transmisión televisiva de lo ocurrido en Monterrey. “Carajo”, dije. Mientras el miedo, la frustración, el enojo y la tristeza se colaban en mi cuerpo y lo hacían reaccionar, trataba de entender lo que pasaba. Ajuste de cuentas, pelea entre rivales, ataque a algún jefe policiaco, enfrentamiento con el ejército, terrorismo. Una a una las teorías hacían remolino en mi cabeza hasta que todo parecía no tener sentido. La suma de muertos aumentaba cada hora, la indignación crecía y el enojo no se hizo esperar. Una cólera, comprendida pero para mí nunca justificada, tomaba forma en las expresiones de hombres y mujeres que gritaban su hartazgo tanto en redes sociales como en radio, televisión y medios escritos.

Después de unas horas, una descarga más de resentimiento cayó en palabras del vocero oficial del gobierno en temas de seguridad nacional. Apelaba al castigo, a la punición, a la justicia. Y entonces el círculo se perpetuaba. La violencia se recrea a sí misma de formas, a veces sutiles, otras tantas descarnada. Pero lo que me quedó claro al escuchar, leer y ver la mayoría de las reacciones fue el don cáustico del rencor y el odio. Su inigualable destreza para quemarlo todo, para vejarlo, para separarlo.

El clamor general (mayoritario pero nunca absoluto) fue reaccionar ante la muerte de estos inocentes con más violencia. Combatir la barbarie con más barbarie. Y creo que es ahí donde debemos ser particularmente cuidadosos para evitar que el resentimiento y la impotencia nos arrastren hasta el punto donde pensemos que nada puede hacerse. La primera reacción fue apelar a la unidad, a la solidaridad de una ciudadanía harta y temerosa; que no está mal. Como tampoco está mal hacer un llamado a un frente común contra la delincuencia desde nuestros propios espacios. Lo que me parece mal y errado es apelar a ello partiendo del miedo. No es ético, mucho menos responsable.

Usar la muerte de mujeres y hombres inocentes para sostener una guerra absurda, un rencor afianzado, es jugar a la ruleta rusa. Como también lo es culpar de todo a los gobiernos, a los partidos, a las instituciones y a los políticos. Perder energía en repartir culpas, resta fuerza a hacernos cargo de lo que nos corresponde. Hacernos cargo pasa necesariamente por enfrentar y manejar nuestros miedos, el resentimiento, la resignación y el odio presentes. Es hora de cambiar el observador. Cambiemos la perspectiva y el enfoque. Deconstruyamos. Replanteemos. Reflexionemos. Organicemos. Actuemos.

Es difícil y complejo. No sostengo que deba olvidarse el pasado, enterrar el horror padecido. Pero hacemos más daño si no nos movemos de ese estadio. No podemos seguir así. No es lo mismo preguntar cómo acabar con la delincuencia y desterrar el miedo que preguntar cómo crear un nuevo escenario de paz. Lo primero nos conduce a conductas reactivas, lo segundo a construir, a planear. La segunda es, por supuesto, más difícil. No sólo porque perdemos la inmediatez del ajusticiamiento, sino porque implica abandonar las trincheras que cómodamente habitamos y nos obliga a abrirnos a otras posibilidades.

Planear y construir la paz no es pedir sólo castigo, que es necesario; no es afrontar la violencia desde una postura meramente crítica; no es culpar a gobiernos y políticos ni pedir sus cabezas; no es caer en la resignación de sostener que nada puede cambiar, que no está en nuestras manos; no es pedir más armas, más policías, más ejércitos, más fuerza; no es exigir sólo leyes punitivas; no es asumirse con un criterio de verdad único acompañado de miopía y sordera.

La paz se construye desde el fuero interno, desde el gobierno mismo de aquellos arraigados vicios que compartimos como colectivo; la paz se construye iniciando la afirmación de hábitos que abracen y resguarden eso que llamamos ciudadanía responsable; la paz se construye asumiendo como inalienable postura política el respeto; la paz se construye obedeciendo las leyes que nos rigen; se construye con más educación, más cultura, más civismo y más corresponsabilidad en la formación de los individuos.

La paz se construye entendiendo las causas que en un principio la desterraron de nuestra cotidianidad, no reaccionando al efecto; la paz puede construirse desde imaginarios distintos, las posibilidades son tan infinitas como nuestro deseo de tenerla. La paz se construye. No se da por decreto, no la erige el discurso, no la protege la buena fe. La paz es un proceso perenne de construcción, de reinvención. La paz no es un escenario, un supuesto, una utopía, un anhelo. Es un acto de profunda congruencia, un devenir coherente, una postura ética. ¿Quieres paz? Sé congruente y búscala, procúrala, gestiónala, foméntala, difúndela, exígela, pídela, constrúyela.

El mayor honor, el mejor homenaje a las víctimas y a nosotros mismos es actuar en consecuencia de esto. No permitir que se repitan tragedias que terminan difuminando o arrebatando el sentido de la vida de miles de personas que engarzaban sus destinos con sus (nuestros) muertos. Tampoco dejemos de pensar en nuestros vivos. Porque a diferencia de Pierre Anthon, el niño de la novela, aún somos muchos los que seguimos encontrando sentido a las cosas. Aún nos abrimos a la esperanza. Personalmente, busco la paz porque para mí hay algo que importa. Porque hace mucho lo sé. Porque merece la pena hacer algo. Porque aún no descubro cuánto. Todavía encuentro sentido, aún veo significados. Hay algo que importa, hay algo que importa…

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