El Tiempo de la Política

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Fotografía: Julian Wasser. Time Life Pictures/Getty Images

A la luz de lo que hoy acontece en el mundo (y en nuestros mundos), se vuelve indispensable pensar en la relación que tienen dos grandes categorías del pensamiento humano: el Tiempo y la Política. Más aún, es imperativo vincularlas para que, en la medida de lo posible, este ejercicio nos permita reflexionar sobre nuestras circunstancias y la manera en que éstas pueden cambiar como resultado de acciones individuales o colectivas. Para ello, es necesario determinar a qué tiempo y a qué política se hace referencia, ya que la concepción de ambas ha cambiado a lo largo de la historia. Y es que, si el planteamiento consiste en sustentar la necesidad de recuperar la política como espacio de configuración del ser, particularmente en un momento que considero de urgencia histórica, es indispensable ser preciso en los conceptos.

A efectos prácticos, se toma la idea moderna del tiempo como flujo; como un transcurrir de sucesos que tiene una dirección u objetivo. Una idea que aplica para lo que se conoce como el tiempo biográfico (individual) y el tiempo histórico (social). La primera acepción ayuda a establecer parámetros y a medir la vida de una persona, tanto en términos biológicos como de interacción social. Este tiempo biográfico es el que comúnmente utilizamos para establecer las fechas que dan sentido a nuestras vidas, como el nacimiento y la muerte; para medir los reconocimientos obtenidos en el transcurso de nuestra formación educativa y profesional; para contabilizar la cantidad de hijos, amistades y parejas que hemos tenido, los bienes materiales e inmateriales adquiridos, las enfermedades padecidas, así como aquellas metas y objetivos que quisimos alcanzar. En suma, el trazo general de lo que individualmente hemos entendido como el transcurso de nuestra vida, un transcurrir que, por cierto, tiene fin, tiene límite.

Por otro lado, el tiempo histórico alude a cómo la concatenación de millones de esos trazos va conformando una idiosincrasia concreta, un idioma particular, la gastronomía de naciones enteras, las instituciones políticas y económicas de un país, el legado cultural de los pueblos y, también cabe decirlo, la forma en que esos colectivos construyen su misión en este mundo (v.g. el Destino manifiesto estadounidense). Así pues, es en ese tiempo en que se enmarcan nuestras identidades y éstas se moldean conforme cambian las circunstancias. Siempre, hay que decirlo claro, por medio del conflicto que a veces se resuelve de forma gradual y sutil, y otras de manera extraordinaria, como ocurre en contextos de guerra.

En este tiempo social, el pasado, el presente y el futuro toman una relevancia mayor como categorías temporales, pues el primero sirve para comprender la manera en que se construyó la identidad de los colectivos; el segundo, para entender y revisar las rutas por las que transitan, y el tercero, para definir el rumbo, las coordenadas que guiarán la vida de generaciones presentes y futuras. A diferencia del tiempo biográfico, no tiene fecha de caducidad expresa, sus límites son dinámicos.

Cabe aclarar que, como el sociólogo Franco Ferrarotti, hay quienes consideran también una clasificación más amplia que incluye el tiempo natural (periodos geológicos como los eones) y el sacro (ligado a las nociones de divinidad e inevitabilidad). Sin embargo, aunque estas acepciones aportan elementos para entender la vida del ser humano y la historia del planeta, acotan por no decir que excluyen, la reflexión respecto de la capacidad creadora de hombres, mujeres y sociedades en el diseño y construcción de sus destinos.

Así entonces, a juicio de quien escribe, la Política se presenta como el único espacio capaz de vincular lo que acontece en el tiempo biográfico y el tiempo histórico a fin de construir nuevos significados y nuevos caminos. Si reinterpretamos la Política no sólo como el ‘arte de lo posible’ sino como el espacio donde podemos redefinir las fronteras de aquello que entendemos por posibilidad, nuestras opciones se expanden. En un mundo que parece adentrarse a caminos sinuosos y oscuros por el resurgimiento de la xenofobia, la intolerancia, la discriminación y la desesperanza, la Política, entendida como un quehacer fundamentalmente humano, es el mejor camino para incidir en nuestras realidades.

A pesar del dominio donde cada uno de nosotros decida ejercer su acción, se vuelve imperativo comprender que nos encontramos en un momento de definición que no acepta medias tintas y que nos exige trascender los resquicios egoístas del individualismo. Entonces, como sugirió Emmanuel Lévinas, tenemos que entender el tiempo como relación con el otro y no en relación con el final o lo establecido, sobrepasando así cualquier pretensión determinista. Se trata de aceptar el desafío de transformar, emprendiendo, nuestro mundo, pero también de transformar, aprendiendo, el nosotros que somos en el marco temporal que nos tocó vivir.

Y la Política sirve para eso, para comprender que, indistintamente del nivel de conflicto que enfrentemos y los límites biológicos que nuestra propia naturaleza nos impone, tenemos la capacidad de ser arquitectos de nuestro propio destino, individual y colectivo. El gran reto es salir de nuestras cavernas y nuestros laberintos para organizar nuestras voluntades en torno a la transformación del mundo, siempre evitando caer en la falacia del cambio como abstracción. Por eso, como certeramente apuntó el enorme José Aricó, todo tiempo, pasado, presente y futuro, es siempre el Tiempo de la Política porque a diferencia de la acción individual, la acción política es acción histórica. Abramos pues las puertas de la historia y alojémonos ahí… para construirla.

 

Artículo publicado en la Revista Humanitas. 26 de abril de 2017.

http://capitel.humanitas.edu.mx/el-tiempo-de-la-politica/

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