Mi paternidad, mi espejo…

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‘Filósofo sujetando un espejo’. Autor: Jusepe de Ribera. Nápoles, 1652.

Hace unos meses mi esposa y yo recibimos la noticia de que estábamos embarazados. Me incluyo porque más allá de que el proceso biológico completo y las etapas más difíciles le tocan enteramente a ella, creo que algo tan complejo que incluye cambios fisiológicos, emocionales y psicológicos se comparte. Vaya, no creo que mis nervios y mareos hayan sido casuales aun cuando no los presenté con la misma intensidad que ella. Sigo a la expectativa de qué antojos o malestares vendrán pero estoy listo para acompañarla y también para recibirlos, si es que se me siguen pegando. En verdad, espero que sean más los antojos.

Escribo esto y son ya 15 semanas de embarazo…

Cuando recibes una noticia de ese tamaño, recuerdas siempre haber escuchado frases como: “te cambia la vida”; “es la mejor noticia del mundo”; “ves la vida de otra manera”; “ahora entenderás muchas cosas más”; “es lo mejor que te puede pasar”; “será el día más feliz de tu vida”. No quiero negar lo cierto en muchas de ellas pero no ha sido la noticia más feliz de mi vida. Francamente, y aun siendo una decisión tomada en pareja, sentí una incertidumbre monumental.

Es cierto, a unos meses de saberlo, puedo escribir esto y reconocer que el miedo ha desaparecido y que me siento profundamente emocionado y conmovido. También sé que en los próximos meses y años recibiré noticias igual de importantes y trascendentales; en el corto plazo, el sexo del bebé. Y es que tomamos la decisión, cuestionada mayoritariamente por la familia y amigos que se jalan los pelos por no saber qué hacer, de esperar hasta el nacimiento para saber si será niña o niño. Quizás cuando lo sepa volveré a decir: ¡qué gran noticia! y sea, de nueva cuenta, un día lleno de dicha. Quizás me emocione más cuando al verle crecer vea su sonrisa y pueda escucharle decir ‘papá’, ‘mamá’, ‘te amo’ y otras tantas palabras y frases que usamos en demasía pero muchas veces, por las contingencias y azarosos caminos de la vida, vaciamos de significado. Como sea, cuando esas y otras palabras salgan de su pequeña boca me sentiré como el primero de los hombres cuando escuchó los primeros sonidos y sintió el mundo formarse frente a sus ojos. De eso, espero platicarles después.

¿Dónde estoy? ¿Qué me está pasando?

Si decidí escribir sobre algo tan privado y tan personal es porque quiero compartirles lo que, a mi sentir, también me servirá de recordatorio en los años por venir: me siento vulnerable como un expósito y, salvo que pierda la memoria, creo que así será hasta el último de mis días. Ha sido el anuncio de la paternidad lo que me quita el sueño y lo que me tiene pensando y rumiando cada acto, cada palabra y cada decisión que hasta ahora he tomado. Desde pequeños se nos dice que hay que prepararnos siempre para lograr lo que uno se proponga… y vivir plenos. Eso ha implicado, al menos para mí, una travesía por instituciones académicas y también por procesos de terapia y coaching que me han ayudado a tener una perspectiva más humilde de la vida. En un mundo que promueve el canon del éxito profesional, la acumulación de riqueza y la vanagloria hasta el exceso, justipreciarse y reconocer los límites propios es una forma de ser feliz. No es fácil, cuesta mucho. Primero hay que recibir varios golpes y aquilatar sus efectos.

Siguiendo ese proceso me doy cuenta que nunca me había cuestionado tanto sobre la persona ni el tipo de hombre que he sido. Damos por hecho que lo que hacemos está bien, que nuestras decisiones han sido justificadas, que nuestra forma de ver el mundo es, sino la mejor, sí de una valía mayor respecto a otras. Porque finalmente, ¿no estamos aquí para disfrutar? así a secas; ¿no estamos aquí para llevarnos los mejores recuerdos o para ‘sacarle jugo a la vida’ sin importar que eso implique lo que hacemos a los demás? Vaya mentira. Vamos dando pisotones sin reparo y terminamos no sólo lastimando a terceros sino que en el andar nos consumimos un poco a nosotros mismos.

Siempre nos dicen que hay que vivir cada día como si fuera el último y casi siempre entendemos que esto es divertirse, romper las reglas, disfrutar ciertos excesos y satisfacer apetitos íntimos. No digo que no sea válido hacerlo, pero cuánto sería distinto si entendiéramos que vivir cada día como si fuera el último implica más actuar de tal forma que si la muerte nos sorprende no sintiéramos remordimiento o deuda alguna con la vida, con los nuestros y con los que nos hemos encontrado en el camino. Espero no pecar de una nostalgia anticipada, prefiero creer que apelo a futuras alegrías.

Por eso para mí la paternidad está siendo un punto crítico, de inflexión, de rompimiento. No han sido mis padres, no ha sido mi hermano, no ha sido mi esposa, no han sido mis amigos, no han sido mis maestros quienes me han llevado a este nivel de introspección. Es un bebé que no ha nacido. Una persona que aun no conozco, que no sabe hablar y que ni siquiera tiene nombre. Este es, sin ápice de duda, mi gran quiebre.

Toda mi vida me he considerado un buen tipo pero estoy lejos de ser un santo. Como le dije a mi esposa cuando platicábamos sobre el tipo de padres que queremos ser y sobre las formas tradicionales de concebir la paternidad: todos los hombres, en mayor o menor medida, somos unos machos. Y ese machismo ha determinado la forma en que vemos a las mujeres; cómo manejamos nuestra relaciones personales y profesionales con ellas y nuestros congéneres; cómo concebimos la paternidad no sólo en relación con nuestra pareja, entendiendo que la compartimos con ella, sino en función del sexo del bebé (no se cría igual a un niño que a una niña, quizá por eso me gusta la decisión de no saber el sexo para no generar expectativas del ‘campeón’ o la ‘princesa’; el mundo no se puede reducir a azul o rosa); cómo nos afirmamos como hombres ante otros hombres, y qué tan dispuestos estamos a revisar nuestra masculinidad.

No es nada fácil, reconozco que he sido un macho toda mi vida. Es verdad que hay distintos tipos de machismo pero todos hemos sido formados así. El primer paso es reconocerlo y, si bien hay matices, es necesario hacer la declaración de aceptación para poder desmenuzar cada experiencia de vida y revisarse como persona. Toda acción tiene y ha tenido repercusiones en otros, aunque muchas veces nos neguemos a aceptarlo. Lo que es innegable es que hay una cultura y una crianza que lo atraviesa todo. Y aunque esto tiene una carga negativa, es necesario aceptar cómo expresamos y ejercemos nuestro machismo respecto a las mujeres y otros hombres. Ni que decir sobre los hijos, que sin ser nuestros sí nos apelan a ser responsables para formarlos de la manera más empática, ética, creativa y justa posible. No es suficiente ser proveedores, nunca lo será.

No pretendo teorizar al respecto, esto es parte de un ejercicio íntimo que, intuyo, será parte de mí hasta mi último aliento. Ya tendré tiempo de escribir algo más sobre paternidades, por ahora creo que es necesario asumir mis propias miopías y fortalezas; ofrecer perdones… dármelos; reconciliarme con quienes herí y con el niño y el hombre que en algún punto dañé. No veo otra forma de hacer frente a esta gran responsabilidad.

Tengo que revisar entonces ese ‘hombre’ que he sido hasta ahora. Ver cómo me he proyectado hacia otros y hacia mí mismo. Quizás ahí pueda encontrar claves para diseñar y construir, con actos diarios, el padre que deseo ser. No es un camino sencillo. Pasa por recorrer de nuevo los entresijos de mi infancia, la relación con mi padre y mi madre, la manera en que crecí con mi hermano, las figuras de autoridad que me interpelan, las distintas maneras en que me mostré o me aislé de mis amigos y mis parejas, la relación con mi esposa y de los valores que me guían y me levantan cada día.

Será en esta nueva etapa, la de mi paternidad, en este nuevo espejo que, en mi soledad, custodiado por mis demonios y mis ángeles, haré un balance y procederé a caminar por una senda completamente desconocida. No se trata de ser el padre perfecto. No hay un manual para serlo ni creo que sea sano buscarlo. Aquí no hay mención honorífica por buenas calificaciones. Se trata de entender la responsabilidad de acompañar en el camino a una persona que recién descubrirá el mundo. Si es niño, tendré que hacerle ver que aun cuando ésta realidad le presente atajos y le dé ventajas que nunca pidió, ello no implica que sea justa y le recordaré que tiene el potencial para cambiarla, que estaré ahí acompañándolo; si es niña, tendré que hacerle ver que aun cuando ésta realidad le representé peligros y desventajas que nunca pidió, ello no implica que la injusticia deba ser permanente y le recordaré que ella tiene el potencial para cambiarla, que estaré ahí acompañándola.

Y no sé, quizás en ese caminar juntos este bebé, que es apenas una promesa de persona, me muestre que aun cuando ésta realidad no me parezca justa para mí o para él, yo sigo teniendo el potencial para cambiarla. Entonces notaré que frente al espejo no me encontraré solo, sino acompañado y que lo hoy me genera incertidumbre y miedo puede ser una de las fortalezas más grandes que haya encontrado en mi vida. Quizás hasta ese momento entienda que caminando junto con él o ella y  junto a mi esposa, pueda cambiar, al menos un poco y gracias a ellos, este mundo interior que hoy me parece convulso y el pedazo de fuera que nos toca. Quizás entonces entienda que ser buen padre es mejorar, aunque sea un poquito cada día, el hombre que soy ahora. Este será un privilegio que agradeceré hasta el último de mis días. Espero estar a la altura.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Graciela Beauregard Solís dice:

    También sucede ese sentimiento si eres una mujer ya en edad adulta para tener hijos. Yo tuve mi primer embarazo a los 35. Y cuando supe sobre mi embarazo comprendí por qué muchas decían “mi niño esto” :mi niño lo otro” etc. Cambia la vida y el sentido de cómo miras a los otros.

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