La batalla por la República.

ANGHIARI

‘La batalla de Anghiari’. Autor: Leonardo Da Vinci. Florencia, 1503-1506.

(Copia realizada por Pieter Paul Rubens en 1603).

Entre finales del siglo XV e inicios del XVI, en la ciudad-estado de Florencia, se libraron distintas batallas entre los Médici, que buscaron instaurar un principado dinástico, y facciones opositoras que pretendían establecer una república aristocrática. En ese contexto, en el año 1503, una década después de la expulsión de los Médici, el confaloniero Piero Soderini, una autoridad municipal de la época, pidió a Leonardo Da Vinci y a Miguel Ángel, dos portentos de las artes clásicas, hacerse cargo de la decoración mural del Salón de los Quinientos del Palazzo Vecchio. El contrato sería firmado nada menos que por Nicolás Maquiavelo, en ese entonces secretario dentro del servicio público florentino y quien siglos después sería reconocido como el padre de la Ciencia Política moderna. Esa sería la única vez, de acuerdo a los registros, en la que estos maestros renacentistas trabajarían juntos para realizar dos frescos que nunca podremos ver.

Con éstas obras la Señoría de Florencia buscaba celebrar haber sucedido la tiranía de Girolamo Savonarola y competir con el patrocinio de los Médici. La batalla de Anghiari retrataría la victoria florentina sobre Milán, mientras que la batalla de Cascina exaltaría la obtenida sobre Pisa. La primera, a cargo de Da Vinci, quedó inconclusa y décadas después fue destruida; de la segunda, un joven Miguel Ángel sólo pudo concretar la fase del cartón (modelo previo).

Más allá de ésta anécdota que conecta circunstancialmente a tres grandes de la Historia, quiero hacer foco en la pintura que encabeza este escrito. ‘La batalla de Anghiari’ sirve para ejemplificar lo que hemos vivido en estos días y funciona como recordatorio para que recuperemos categorías de análisis político e histórico que habíamos dejado arrumbados. Por ejemplo, que la Política es la guerra y la guerra es el arte del conflicto. Quien mejor que Maquiavelo para recordarnos que la racionalidad política es racionalidad práctica entendida como la capacidad de obrar, desde dentro de los contextos de acción, para configurar una realidad objetiva.

Lo que hemos visto estos días es similar a lo que Da Vinci representa en la pintura: la disputa de un símbolo cuya ostentación implica el ejercicio del poder. En el mural, la batalla es por el estandarte de la República de Florencia; en México, la lucha fue por una magna obra de infraestructura. Ambos, el estandarte y el aeropuerto, son símbolos de poder en sus respectivos tiempos. Frente a nosotros se desarrolla una lucha entre el poder político y el poder económico nada menos que por el control del Estado mexicano. Falta seguir observando y esperar el desenlace de la misma.

Como sabemos, una de las promesas de campaña de Andrés Manuel López Obrador era la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM). Entrados al proceso de transición, se anunció la realización de la ‘Consulta Nacional sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de México’ que finalmente se llevó a cabo este mes. El pasado lunes 29 de octubre se dieron a conocer los resultados de la misma y, como se previó, la votación fue a favor de la cancelación del proyecto que el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto inició en Texcoco y de hacer los estudios correspondientes para iniciar los trabajos de habilitación de la base militar de Santa Lucía, ubicada en el municipio de Zumpango, en el Estado de México. Además, en rueda de prensa, el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, ratificó que se harán obras de interconexión que permitan un mejor aprovechamiento de los aeropuertos de la Ciudad de México, Toluca y Santa Lucía.

Como también era previsible, las reacciones no se hicieron esperar y lo hicieron sin matices. Los argumentos a favor de que continuaran los trabajos en Texcoco se centran en la protección de las inversiones; evitar el costo monetario que absorberá el próximo gobierno debido a la cancelación, considerando que tendrá que haber indemnización a las empresas por terminaciones anticipadas de contratos; los beneficios logísticos por la cercanía con el Aeropuerto Internacional ‘Benito Juárez’, y enviar una señal de certidumbre a los mercados. Los argumentos en contra señalan la necesidad de parar el ecocidio que se comete con la desecación del Lago Nabor Carrillo, como ha sido documentado por organizaciones ambientalistas y prensa internacional; poner alto a una obra con grandes sospechas de corrupción de la que el 51% de los contratos se concentran en empresas de Carlos Slim, Bernardo Quintana, Carlos Hank Rhon, Hipólito Gerard Rivero y Olegario Vázquez Raña, que en algunos casos han sido favoritos del actual gobierno; evitar futuros y millonarios desembolsos para mantenimiento debido a que, como verificaron científicos del Centro de Geociencias de la UNAM,  hay señales de inestabilidad del suelo por el comportamiento a mediano plazo de las arcillas sobre las que se construye la obra; por último, y quizás la razón de mayor peso para quienes se manifiestan a favor de la cancelación, es mandar una señal determinante de que la separación del poder político del poder económico va en serio.

Así entonces, la consulta, el resultado y la decisión de cancelar la que sería la obra insignia del gobierno saliente no ha dejado tranquilos a propios y extraños. No es para menos. Vale la pena entender la magnitud de lo que acontece frente a nuestros ojos. Como lo señalé en una entrada anterior, la apuesta de Andrés Manuel ha sido clara desde el inicio, la Cuarta Transformación no puede iniciar sin dejar en claro que las decisiones más importantes (y sus consecuencias) las tomará él como Jefe del Estado mexicano. La supeditación de la Política por la Economía llega a su fin. Y hay que entenderlo para comprender lo que vendrá los próximos años.

Para dejar en claro a qué me refiero, quiero rescatar lo que certera y lúcidamente escribieron Rolando Cordera y Carlos Tello en la reedición de ‘La disputa por la nación’ que, a propósito de lo que se dibuja en el horizonte, se vuelve una obra de indispensable lectura:

“Ha quedado claro para todos (incluso para quienes soñaban con una economía donde todo quedara a cargo del mercado y de la inversión privada que, por definición y credo, siempre será más eficiente y racional que la pública) que la elasticidad y capacidad de sustitución del esfuerzo público por la iniciativa privada han sido lo que se quiera, menos perfectas y oportunas […] Las decisiones que estuvieron detrás del cambio estructural para la globalización, incluida la reforma política, no son el fruto de ninguna ley natural. Mucho menos son el resultado de un mandato unívoco e inapelable de la economía o la historia. Las elites dirigentes y los grupos dominantes de la economía y las finanzas no consideraron que la desigualdad y la falta fehaciente de equidad eran temas cruciales. Pensaron que su atención podía posponerse hasta lograr las metas de globalización y dinamismo económico planteadas. No se reconoció que fuera urgente ocuparse de ellos y actuaron en consecuencia.

[…] Volver a lo social, convertirlo en el objeto de la tercera reforma del Estado es fundamental, porque sólo así podrán salvaguardarse y en el tiempo ampliarse las señas de identidad de la historia moderna de México, la dimensión intelectual, cultural, ética de un Estado nacional forjado en la adversidad y que no puede renunciar por voluntad a sus obligaciones fundamentales.”

Por eso hay que leer desde la racionalidad política la decisión del presidente electo, lo mismo las reacciones a la misma. La rueda de prensa que ofreció el mismo 29 de octubre el Consejo Coordinador Empresarial es reflejo de que no han entendido en dónde están parados ni a quién se enfrentan. Ni qué decir de la incapacidad de reconocer que la economía, despojada de toda lógica política, propicia estos niveles alarmantes de pobreza, desigualdad y desintegración social. Por eso, los argumentos sobre la pérdida de empleos, la incertidumbre financiera y el despilfarro de recursos públicos no hacen eco en la mayoría de la población. Siguen apelando a una racionalidad económica que fue, en gran medida, la que delineó el sello distintivo de gobiernos neoliberales más preocupados por administrar que por, irónicamente, gobernar. Y saben perdida la batalla.

Como en el cuadro del florentino, a lo largo de los próximas semanas y meses seguiremos viendo cómo se desarrollan los siguientes combates. El espacio es la arena pública, el tiempo es ahora y las tácticas de ambos bandos han quedado claras. Las reacciones y las respuestas a cada movimiento que haga el presidente electo como los grupos empresariales y las fuerzas políticas que intentan ser oposición deberán ser analizadas desde una perspectiva filosófica, política e histórica. Sólo así podremos entender las torsiones y el ritmo de las escaramuzas que vienen en este conflicto.

Lo principal es entender que la decisión de Andrés Manuel López Obrador de cancelar la construcción del aeropuerto, previa validación de la misma en una consulta ciudadana que dista mucho de ser perfecta, no fue tomada exclusivamente, como quieren hacernos creer, en función de sí mismo o de los intereses de su grupo político, aun cuando esto sea válido en términos programáticos. Revisar su biografía política, adherida a coordenadas ideológicas nacionales y populares, nos deja en claro que las decisiones que toma las hace en función de una razón de Estado y ésta es, como lúcidamente lo estableció Nicolás Maquiavelo hace más de 500 años, garantizar la existencia del Estado y su conservación. La única manera de hacerlo es neutralizar las fuerzas internas y externas que lo obstruyen. Los grandes capitales (que no representan a la mayoría de los empresarios del país) son precisamente representantes de éstas fuerzas que durante décadas tuvieron secuestrados a los últimos gobiernos.

Por eso su estilo de liderazgo, a veces incomprendido por propios y extraños, tiende al conflicto pero no por mera diversión o vanagloria. Parafraseando a Clausewitz, un político entero sabe que la guerra no implica necesariamente la desintegración física del oponente sino la victoria moral sobre el mismo y que ésta, la guerra, no es simple pasión por la osadía y el triunfo egoísta; es un medio serio para alcanzar un fin serio que es, en este caso específico, retomar la potestad de los jefes del Estado mexicano para construir una realidad acorde a un proyecto de nación que nos dote de una necesaria identidad para este nuevo milenio.

Si en su momento la razón de Estado implicaba la autonomía de lo político respecto de la moral individual en tanto que se hacía necesario separar al Estado de la Iglesia, actualmente, la autonomía planteada es respecto al poder económico y si para ello era necesario cancelar un aeropuerto, la decisión se muestra congruente. Ahora viene lo importante, revisar el modo de proseguir. La gran lección o la lectura que debe hacerse no es tanto sobre la fuerza mostrada, como parte intrínseca del ejercicio del poder, sino la prudencia política para modular esa misma fuerza como reconocimiento de que siempre existirán contingencias futuras imposibles de controlar.

Si Andrés Manuel López Obrador piensa en un sentido histórico y quiere construir cimientos sólidos para lo que llama la Cuarta Transformación, será precisamente ésta virtud política, la prudencia, la que más deberá pulir puesto que implica la toma de decisiones, en circunstancias siempre cambiantes, en las que a veces tendrá que optar, como en ésta ocasión, por el menor de los males. Ya que de ninguna manera puede compararse la pérdida de miles de millones de pesos en inversión, por mucho que esto pueda escandalizar, con el socavón producido al Estado mexicano por élites que durante décadas actuaron con base en una doctrina económica ortodoxa sin ser capaces de reconocer sus excesos y limitantes.

Hace 5 siglos, Leonardo Da Vinci inició lo que hoy sería su obra más grande. El pintor, aún siendo el genio indiscutible que el mundo reconoce, al verse impedido a concluirla en la modalidad técnica de fresco, tuvo que echar mano de una más antigua conocida como ‘encausto’ que consiste en aplicar calor y que produjo que la mitad superior de la pintura se desprendiera, dejándola así inconclusa. Lo que siguieron después fueron reproducciones más o menos similares pero de proporciones menores. Como ocurrió con el mural renacentista, queda revisar las decisiones que tome el presidente electo una vez que asuma funciones para constatar si la Cuarta Transformación queda, en efecto, como su gran legado político para las próximas generaciones en un mural histórico en el que podamos reconocernos los mexicanos o si, por el contrario, la falta de prudencia ante las contingencias que surjan la dejan trunca. De cualquier manera, hay algo que debe quedarnos claro: la batalla por la República ha comenzado.

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