México, la necesidad de recuperar la Historia.

Image result for josé clemente orozco pinturas‘El hombre de fuego’ – José Clemente Orozco.

Guadalajara, 1939.

Nos encontramos a escasos días de la toma de protesta de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México. Lo que ha ocurrido desde el 1 de julio hasta el proceso de transición gubernamental no ha dejado indiferente a nadie. Desde el sorpresivo y temprano reconocimiento de la derrota por parte del candidato de la coalición PRI-PVEM-Nueva Alianza, José Antonio Meade, hasta la consulta ciudadana sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de México, hemos sido testigos de sucesos que marcan la pauta de lo que será sin duda un reajuste de coordenadas del sistema político mexicano y de la vida pública al menos la siguiente década. Por eso, considero, es menester que al corazón ardiendo lo acompañe la cabeza fría. Entender lo que está pasando en el país se vuelve imperativo y hacerlo desde una perspectiva histórica es crucial. El gran reto de todos será ser capaces de obrar y reflexionar más allá de lo que nos muestran las coyunturas. Al respecto, me parece pertinente rescatar algunas reflexiones.

El tiempo de la Política es siempre.

En abril de 2017, la Universidad Humanitas me hizo una invitación para escribir un artículo que conectara dos categorías fundamentales para el análisis de lo que acontece en México: el Tiempo y la Política. Aunque poco analizada su relación hoy en día, por lo menos en la discusión pública, ambas están íntimamente ligadas. Así, en El Tiempo de la Política se desarrollan las nociones modernas del tiempo biográfico (individual) y el tiempo histórico (social) para realizar el planteamiento de que la Política es el único espacio, necesario y vital, donde ambos convergen para dar forma a distintos significados y caminos o bien para reinterpretarlos y transformarlos.

Un año después, y considerando lo que hemos visto y veremos, me convenzo aún más de ello. Y es que el tiempo de la Política es siempre. Por ésta razón, toda acción y reflexión sobre la realidad debe considerar la cronología histórica y social del pasado, el presente y el futuro de una nación. Pareciera una obviedad pero no lo es. Me explico.

Uno de los lugares comunes más recurrentes cuando se habla de asuntos públicos es el que alude a la falta de ‘memoria histórica’ y a los errores o aciertos que cometen las sociedades cuando, por ejemplo, se eligen presidentes como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Vladimir Putin o Andrés Manuel López Obrador. Figuras que, más allá de sus contextos nacionales, biografías e ideología, generan debate y polémica por sus acciones, palabras y estrategias. Este no es el espacio para hablar de las diferencias sustantivas entre uno u otro, que existen y son profundas. Solo se apunta la controversia que generan.

Regularmente, se dice que como colectivo cometemos ‘errores históricos’ cuando votamos por tal o cual coalición o candidato y que esto se evidencia cuando los gobernantes toman decisiones que en mayor o menor medida alteran las rutas por las que transita una nación, cuando se generan inercias que moverán nuestros referentes contemporáneos para nuestro actuar como colectivo y como sujetos históricos. Aun cuando esto sea cierto, estos argumentos, que cubren temores, ansiedad o esperanzas, develan una mirada acotada.

Es que, como señala el filósofo español Gustavo Bueno, hablar de una “memoria histórica” encierra la estratagema de que el cúmulo de acontecimientos que conforman el pasado de una nación es parte de una realidad objetiva, vivida por los presentes, que ya ha superado cualquier pretérito y que condensa la totalidad de lo que pudiera ser una ‘memoria eterna’. Vaya, que la memoria histórica se remite únicamente al tiempo biográfico de quienes hoy estamos vivos y pensamos que la historia de un país se explica únicamente a partir de lo que nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros (los más jóvenes) hemos atestiguado. Y pensar y actuar con una mirada tan acotada es un gran riesgo.

El problema es que, a mi juicio, se reafirma una visión cortoplacista para analizar y entender las problemáticas locales, ni decir de las nacionales o mundiales en un espectro más amplio. No porque ello implique desconocer o hacer de menos que, como en el caso mexicano, nuestras memorias nos recuerden los riesgos de un nacionalismo autoritario, de un partido hegemónico, de los excesos de gobiernos netamente tecnocráticos o de los desequilibrios generados por la implementación de un modelo neoliberal las últimas décadas.

Lo que señalo es que al analizar la realidad de manera coyuntural reaccionamos únicamente a episodios concretos y los efectos que tienen sobre ésta. Así entonces, nos ponemos trabas para comprender, en coordenadas más amplias y por ello más útiles, los grandes conflictos que se originan por tendencias políticas y visiones de país antagónicas. Es precisamente lo que pasa en México.

Por esto, es importante recuperar el análisis de la Historia. Cito aquí a Gustavo Bueno para resaltar el punto:

“…la Historia, en lo que tiene de ciencia, no es efecto de la memoria, ni tiene que ver con la memoria más de lo que tenga que ver la Química o las Matemáticas. La Historia no es sencillamente un recuerdo del pasado. La Historia es una interpretación o reconstrucción de las reliquias (que permanecen en el presente) y una ordenación de estas reliquias. Por tanto la Historia es obra del entendimiento, y no de la memoria.

[…] las reivindicaciones de las memorias personales, contra todo tipo de amnesia y de amnistía, no deben hacerse en nombre de la memoria histórica común, sino en nombre o bien de la memoria individual o familiar, o bien en nombre de planes y programas políticos o científicos. Esto explica por qué la llamada «memoria histórica» no es propiamente memoria, sino selección partidista; por qué se eclipsa de modo funcional. Dicho de otro modo, la memoria histórica sólo puede aproximarse a la imparcialidad cuando deje de ser memoria y se convierta simplemente en historia.”

Es decir, sin menosprecio de analizar de manera puntual las acciones concretas de los protagonistas de la vida pública, de dar cuenta de los procesos cáusticos dentro de las estructuras gubernamentales, de los partidos y de las cámaras, es fundamental ampliar la mirada para entender lo que esas interacciones reflejan más allá de lo inmediato y lo aparentemente obvio. Por eso, una de las razones para vincular las categorías de ‘Tiempo’ y ‘Política’ es precisamente dejar de entender al primero como flujo, hacer una revisión hacia atrás para la comprensión de la génesis de fenómenos que hoy atestiguamos y, fundamentalmente, para entender que, detrás de éstos existen indicios claros de un verdadero choque de visiones por la disputa de la nación que están por encima de las contingencias inmediatas. El pasado es dinámico y debe estar en continúa revisión para actuar en el presente. La Historia, más que la memoria, debe ser referente no ancla.

Además, la vinculación de lo que ocurre con nuestro tiempo biográfico y el tiempo social mexicano permite poner en su justa dimensión a lo político, trascendiendo así cualquier concepto pasajero como izquierda, derecha, chairo o fifí para lanzar interrogantes que nos permitan ir más atrás y al centro de grandes planteamientos en relación con esa figura fundamental que Gramsci considera en ‘La conquista del Poder’ como el gran protagonista de la Historia: el Estado.

Por eso digo que el tiempo de la Política es siempre, es perenne. La fundamental importancia del tiempo político es que este no necesariamente transcurre como flujo, es decir, no tiene necesariamente un sentido de progreso implícito o una tendencia concreta hacia el futuro o la ‘modernidad’, como algunos políticos quieren hacernos creer. Es referencial y pedagógico.

Es importante recordarlo para comprender los debates que se dan y que vendrán. Cuando vuelven a la discusión pública tópicos como los partidos hegemónicos, las facultades del presidente, la política económica, la concepción del Estado y la revisión de lo que entendemos por izquierda/derecha es menester analizarlo desde esta perspectiva. Tenemos que obligarnos a leer la Historia de nuestro país. Sólo así entenderemos que no es que exista una regresión al pasado, como con escándalo afirman algunos agoreros del desastre, sino que en el tiempo político, que es perenne, no hay temas o asuntos cerrados. Ya lo decía Maquiavelo, hay una rueda que gira entre la fortuna (el azar) y la virtud en la que lo nuevo se construye sobre lo viejo, sin desprenderse de éste, y toma forma con la capacidad del político de hacer frente a las contingencias que se presentan.

En este tenor, una de las preguntas que dejamos de hacernos fue qué proyecto de nación necesita México. Con la instauración del modelo neoliberal se inició un desmantelamiento gradual del Estado mexicano para dar holgura y libertad a los capitales y al mercado. Tras décadas de estar bajo este modelo y al correr de los tiempos, nos pareció que había preguntas que ya no eran relevantes. Como si la identidad mexicana, el papel del Estado, la configuración de los gobiernos, los reclamos sociales, las nuevas modalidades del capital, las relaciones de trabajo y todo aquello que nuestra contemporaneidad nos permite ver se dieran por sentado y no hubiera alternativa a las mismas. Entonces revisar el periodo prehispánico, la Colonia, la Independencia, la Reforma, la Revolución y la segunda mitad del Siglo XX es obligatorio.

Aquellos que con Fukuyama clamaban el ‘fin de la historia’ por el término de la Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética, celebraban la victoria de Occidente, de la democracia liberal, de las libertades, de los derechos humanos y de aquellos preceptos y condiciones que hoy damos y dimos por sentados, hoy caen en cuenta, a golpes de realidad, que no hay verdades absolutas ni destinos manifiestos. Todos los hombres y mujeres que habitamos este país debemos tener presente esto. Elevemos el nivel de debate, aprendamos a discutir por encima de la inmediatez y renunciemos a la urgencia de cuestionar a priori cualquier acción independientemente del bando que venga. Volvamos a nuestra Historia, ahí podemos encontrar claves y coordenadas para comprendernos mejor y, quién sabe, quizás delinear la identidad mexicana que nos acompañará este siglo.

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