¿Cabe el amor en la política?

Detalle de ‘El Bable’. Al centro Vasco de Quiroga, la representación de las ciudades-hospitales y la ‘Utopía’ de Tomás Moro.

Mural de Juan O’Gorman ubicado en la Biblioteca Pública Gertrudis Bocanegra del estado de Michoacán. México, 1942.

Fotografía de: Richard McGuire.

Sea como práctica o elemento discursivo, el amor se ha hecho presente en muchos de los grandes acontecimientos de la historia mundial y nacional. Sin embargo, parece que su vinculación con la política hace emerger inmediatamente la polémica. Los cuestionamientos son diversos. El amor, irónicamente, es un tema que en estos casos divide. Algo de razón hay cuando nos hemos acostumbrado a circunscribirlo al plano personal, a la intimidad o cuando lo reducimos a una mera pulsión; lo público y menos lo político parecen ser dominios en los que pueda insertarse. Yo difiero de ésta visión y me declaro a favor de hacerlo. Aunque quiero ser preciso en mis argumentos para evitar confusiones.

Antes de desarrollar el porqué considero necesario incorporar al amor como elemento de reflexión y como guía dentro del quehacer político, vale la pena revisar algunas cifras que dan cuenta del ánimo social en el país. Podría parecer irónico revisar números cuando se habla de amor pero conocer cómo estamos en términos de confianza social, violencia y suicidio nos da elementos para iniciar este ejercicio. Un pequeño vistazo es suficiente para sostener que hay razones de sobra para preocuparse y tomar postura concreta.

Confianza social en México.

El Instituto Nacional Electoral, en colaboración con el Colegio de México, publicó en 2015 un estudio sobre el proceso de construcción de ciudadanía en el país y su vinculación con el estatus de la democracia. El resultado es el “Informe país sobre la calidad de la ciudadanía en México” que arroja claves para entender los principales retos que tenemos en el albor del nuevo milenio. Mismos que, vale la pena apuntar, deben explicarse desde perspectivas que trasciendan la esfera local.

Los datos son poco alentadores ya que si bien en algunos rubros existen referencias a conductas sociales positivas que pueden ser potenciadas, también se identifican otras que deben ser atendidas de manera integral para parar, en la medida de lo posible, varios de los procesos cáusticos que cada día dejan en todos nosotros huellas indelebles.

Por ejemplo, en términos de confianza interpersonal o social apenas 28% de los mexicanos respondió que sí puede confiar en la mayoría de las personas, mientras que un 72% respondió negativamente. De los estados que se encuentran por debajo de la media nacional destacan Veracruz y Tabasco, con porcentajes menores al 20%, como aquellos donde sus ciudadanos dicen confiar menos en las personas.

Por su parte, el Observatorio Nacional Ciudadano reportó que en la ‘Encuesta Mundial de Valores 2016’ México reflejaba bajos niveles de confianza entre su población. Esta desconfianza de hecho se acentúa entre jóvenes y mujeres. Algunas cifras llaman la atención: si bien un 82.1% se siente aceptado por su comunidad y 61.9% estuvo de acuerdo en que la gente es honrada y puede confiarse en ella, un 78% estuvo de acuerdo en que “la mayoría sólo se interesa por su bienestar” y 57.8% estuvo de acuerdo en tener cuidado porque “todos se quieren aprovechar de uno”.

Los números no son producto del azar ni del destino. Existen realidades concretas que han moldeado este ánimo. Los niveles de violencia registrados la última década, el aumento de delitos del fuero común, el incremento de homicidios y feminicidios a niveles sin precedentes, así como un creciente descontento hacia lo público por la falta de guía y respuesta de los gobiernos explican, en una medida, estos niveles de confianza social.

Los números rojos y la recuperación de nuestra historia.

Por otro lado, a reserva de lo que se haya expuesto por otros autores sobre las razones de la violencia en México, resulta pernicioso para cualquier sociedad llegar a una cifra récord de muertes violentas. Tan solo para mayo de 2018, se habían registrado en el país 2,890 homicidios dolosos (en 2017 la cifra fue de 2,194), 24 mil delitos “contra la vida y la integridad que incluye actos delictivos como homicidios, lesiones personales y feminicidios”, según el reporte Víctimas de Delitos del Fuero Común publicado el pasado junio. En tan sólo una década hemos roto el récord de la tasa de homicidios.

Es más, tomando en cuenta el histórico de homicidios dolosos reportados en el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), julio de 2018 ha sido el mes más violento en los últimos 21 años. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reporta más de 85 muertes al día. Literalmente nos estamos matando sin el menor de los recatos.

Mención aparte merece el incremento de la violencia feminicida. El informe ‘La situación de las mujeres en México’, elaborado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), presentado ante el ‘Comité para la eliminación de la discriminación contra la mujer’ de Naciones Unidas (CoCEDAW, por sus siglas en inglés), indica que al día se registran nueve víctimas de violencia contra mujeres, dos más en promedio que hace 3 años. Tan sólo en enero pasado, el SESNSP reportó 272 asesinatos de mujeres, casi nueve asesinatos diarios en el primer mes del año. Para el mes de julio, el número de asesinatos de mujeres reportado por la Secretaría de Gobernación llegó a 402. Las señales de que esto pare en el corto plazo no están a la vista.

Independientemente de que la desconfianza social y el incremento de la violencia nos son recetadas a diario en los medios nacionales y locales, siempre es necesario ver más allá de lo evidente. El lente histórico siempre sirve para comprender mejor nuestras dolencias y puede darnos atisbos para futuras intervenciones. Así pues, no debemos normalizar nada de lo que nos pasa. Hay quienes pudieran argumentar que aun con estas cifras el país es mucho más seguro que en la época de la Independencia o la Revolución, ambos los mayores procesos políticos y sociales con conflictos armados en nuestra historia. En cierta medida, podríamos darles la razón sino fuera porque las causas de la violencia que vemos hoy en día son muy distintas a las que se dieron los pasados dos siglos, porque ésta se presenta en formas más cruentas y porque su incremento no tiene punto de comparación con otro periodo histórico.

Como bien señala Lorenzo Meyer, los procesos de violencia en México habían estado vinculados a luchas por el poder político y por la transformación del orden vigente. Ahora, la corrupción política ha mellado tanto en lo público como lo privado. Si en épocas pasadas la falta de un Estado consolidado permitió las convulsiones que conocemos, ahora es un Estado débil, acotado por el mercado, lo que ha propiciado vacíos de poder que han sido aprovechados por el crimen organizado e intereses corporativos nacionales y extranjeros.

A ello debe sumarse la crisis que padecen instituciones otrora sólidas como el Ejército y la Iglesia que ahora parecen hacerse agua ante la incapacidad de adaptarse a lo que Moisés Naim, en su libro ‘El fin del poder’, llama las revoluciones del más, de la movilidad y de la mentalidad. El incremento de la población, los fenómenos migratorios, la creciente conectividad apalancada por las nuevas tecnologías, los cambios de mentalidad y de criterios por el intercambio de información han movido la base moral del poder, de aquellas instituciones que lo detentaron sin objeciones de consideración y hasta de los individuos. Las implicaciones que esto tiene en las relaciones interpersonales y dinámicas sociales son evidentes.

Para muestra otro botón. Sumado a la pérdida de confianza social y el aumento de expresiones de violencia sin parangón, está el suicidio como epidemia de salud pública y reflejo de la pérdida del sentido de vida en México. El Instituto Nacional de Salud Pública reporta que en cinco décadas ha habido un aumento considerable y una variación del fenómeno. Para 2015, alcanzamos la cifra de 6 mil 425 casos documentados; la mayoría fueron cometidos por hombres pero se advierte un incremento en las mujeres quienes, además, realizan más intentos. Alarmante es saber que la incidencia en niños y jóvenes de entre 10 y 17 años ha ido aumentando al grado que representa un 10% de los casos reportados.

Más allá de verlo como una expresión patológica individual, debemos considerarla una problemática sistémica. La muerte por suicidio es parte de un problema que no puede disociarse de la realidad política, económica e ideológica de nuestro tiempo. Por eso, insistiré hasta el cansancio, debemos recuperar la historia para tener referentes que nos permitan diseñar y articular estrategias de intervención.

Raíces de sentido.

El mundo atraviesa hoy por una crisis que se encuentra fundamentalmente en el dominio de la ética. México no es ajeno a ello. La forma como nos concebimos nos plantea una problemática que se devela en la profunda incapacidad que tenemos de convivir pacífica y amorosamente. Por esto, padecemos una cantidad innecesaria de sufrimiento, que si bien es inevitable en la vida, nos está desbordando y comienza a rasgar todo aquello que nos une. No estamos siendo capaces de construir un país de acuerdo a nuestro potencial ni a necesidades que vayan más allá de satisfactores inmediatos.

Ésta incapacidad se hace más evidente cuando el sentido de nuestras vidas, de nuestros anhelos y de nuestros sueños comienza a desvanecerse, cuando pierden fuerza. La sensación, la emocionalidad generalizada es el hartazgo, el resentimiento, el cansancio. México, como otras partes del mundo, está ubicado ahí. Y en esta posición los cambios se antojan más que difíciles.

¿Cómo llegamos a este punto? ¿En qué momento dejamos de creer en nosotros? ¿Qué resultados nos da comportarnos así? ¿Es realmente imposible imaginar nuevos horizontes? Todas las personas tenemos la capacidad de reflexionar sobre nuestro actuar y, partiendo de las respuestas, de cambiar, si así lo queremos, nuestras conductas por acciones que nos permitan una existencia más digna. Aparentemente, hemos olvidado esta premisa.

En lo general, existe un hartazgo que se presenta entre los mexicanos, no de manera exclusiva, como desidia por lo político y como apatía que raya en la indolencia para intervenir en una realidad que no nos satisface. Y juzgamos categóricamente que no podemos, que ésta incapacidad es casi innata. Como si nuestra ‘mexicanidad’ radicara tan sólo en los resultados de un grupo de personas que –si bien toman decisiones que nos impactan- monopolizan eso que llamamos erróneamente política. Digo erróneamente porque la política, como he expuesto en otros escritos, no se remite sólo al actuar de partidos y de gobiernos. Es más amplia, más noble y sin duda más efectiva.

Lo que nos pasa a los mexicanos con la política es lo que pasa con los niños cuando no quieren ser vistos: se tapan los ojos pensando que desaparecen cuando en realidad el mundo sigue ahí, mirándolos. El dejar de ver noticias, rehuir de los asuntos públicos, el desencantamiento de las instituciones, la falta de credibilidad en la posibilidad del cambio es muestra de ello. Sin embargo, los problemas del país siguen ahí aún cuando desviemos la mirada. Siguen impactándonos, dañándonos, lastimando todo aquello que queremos proteger y que dejamos vulnerable por actuar (o dejando de hacerlo) como actuamos.

Esto se hace claro en las conversaciones que tenemos entre nosotros. El común denominador es la queja, que no es lo mismo que el reclamo. El reclamo consiste en la revisión de los resultados que tenemos y las acciones que nos llevaron a ello. Y aún más allá. Vuelve la mirada y la reflexión hacia el tipo de observador que somos y cómo nos planteamos los problemas. Este punto es clave. La queja se enfoca en la incompetencia de los políticos y el sistema; el reclamo voltea hacia nosotros y pasa por el reconocimiento de nuestra propia responsabilidad. El que este reclamo se articule es condición sine qua non para una acción distinta. Aquí es donde tiene cabida el amor en la política porque apunta a reincorporar racionalidades y una emocionalidad que son indispensables para la construcción de una identidad que nos acompañe en este nuevo siglo.

Seré muy claro aquí. Hablo de un amor que no apela a la cursilería ni es únicamente romántico, tampoco de uno que es posesivo y exige la incondicionalidad a quien lo profesa y que por ese mismo carácter se vuelve excluyente. No se habla pues de un amor basado en el mito platónico de suplir una carencia con nuestra ‘otra mitad’, reafirmando una visión harto egoísta e individual del mundo. El amor en la política debe perfilarse y concretarse no como utopía personal sino como una postura profundamente ética.

Amar, en su sentido más amplio y trascendente, implica dejar de lado la falacia de la igualdad, que fundamenta una mal entendida meritocracia, para reconocer la diversidad de un país y la riqueza que ésta nos da como personas y como sociedad; es abrirse al diálogo basado en una escucha donde se reconozca la visión de los distintos al tiempo que enriquezca la nuestra; es modelar la paz no como ausencia de conflicto sino como la capacidad de gestionarlo sin que éste implique la aniquilación del otro; es sublimar la herencia cultural y moral de los distintos pueblos que coexisten en nuestro país para configurar una nueva identidad acorde a los tiempos que transcurren. Es entender que en ese “nos-otros” ese otro es el extraño anónimo que soy yo mismo.

Actualmente, estamos presenciando un cambio de gobierno que ha prometido un cambio de régimen. El arribo de una nueva administración ha estado fundada, de manera importante, en la queja hacia un sistema que fracasó en dar las condiciones necesarias para el desarrollo personal y social de quienes habitamos este país. Sin embargo, no será suficiente que se exija ni que se concreten mejoras en la forma de gobernar. Hay discusiones que van más allá de la simple gobernanza.

En un país donde la desconfianza social, la violencia y la pérdida de sentido de vida nos hacen espectadores de la desaparición física de sus integrantes, del avasallamiento de ideales colectivos por una racionalidad económica, de la resignación como emoción permanente y de la invalidación de cualquier visión distinta a la propia, redescubrir el amor como categoría política es fundamental para cincelar el espacio de realidad que engarza los sueños individuales con los anhelos sociales.

Afortunadamente, en medio de tantas calamidades, aun podemos revisar nuestra historia y encontrar ejemplos de que esto es posible. Más allá de los límites y alcances, uno que encuentro adecuado es el de Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, quien en pleno choque entre el Imperio Español y el llamado Nuevo Mundo, fiel a los ideales renacentistas y los planteamientos utópicos de Tomás Moro, abogó por la libertad, el reconocimiento de las almas de los indígenas y por la posibilidad de construir un mundo nutrido de dos visiones completamente antagónicas.

‘Información de derecho’, su obra cumbre, donde hacía explícito su amor por los indígenas, apelaba a un alto sentido de justicia y a la renovación de los valores de su iglesia, así como la construcción de ciudades-hospitales, modelo precursor de la seguridad social en México, son referentes de que amar al otro en su dignidad y diferencia sirven, como primer escalafón, para dotar a la política de un sentido comunitario y para entender el poder como capacidad para transformar el mundo, no como condición para imponer un mundo sobre otros.

Sé que existen otros ejemplos que podrían ser más atinados pero en una época de revoluciones tecnológicas, de transformaciones nacionales y mundiales, la vida y obra del ‘Tata Vasco’ es un buen recordatorio que el amor en la República es, como diría Enrique Dussel, la esencia de la política y que lo contrario es el suicidio colectivo por el odio.

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