México en el gran teatro del mundo.

‘Tránsito en espiral’,  Remedios Varo. México, 1962.

Durante la segunda mitad del siglo XX los postulados de la democratización y el libre mercado parecían incontrovertibles e inapelables. El racionalismo liberal parecía haber ganado la batalla y las transiciones democráticas eran vistas como el resultado natural de un largo proceso histórico que decantó a la humanidad hacia un mundo de igualdad por encima de las nacionalidades, las ideologías, las etnias, el género y hasta el lenguaje. En ese entendido, la concreción de reformas estructurales y la creación de instituciones democráticas se mostraban como el antídoto eficaz para diluir cualquier contradicción interna en los Estados del hemisferio occidental del mundo. En refuerzo de este proceso, la libertad de expresión se izó como valor fundamental encarnado en los medios masivos de comunicación y las redes sociales que sirvieron de vehículo para el ideario liberal occidental, al tiempo que la sociedad civil organizada se presentaba como aliada estratégica para legitimar la tan anhelada gobernanza.

El fracaso de otras alternativas hizo pensar que había discusiones superadas, reliquias que podíamos guardar en los anales de la historia puesto que la humanidad entraba galopando, y sin retorno, hacia la modernización igualitaria que supondría una época dorada. Fue entonces que Estados Unidos se presentaba como el arquetipo perfecto de nación de libertades y crecimiento económico; que la Unión Europea y el europatriotismo se alzaban como referentes de integración para diversas regiones del mundo, particularmente las que se encontraban en desarrollo; que las recomendaciones de los organismos internacionales, hijos directos de los Acuerdos de Bretton Woods, debían acatarse como mandamientos; que la formación de los nuevos liderazgos políticos y de la alta burocracia se daba en universidades de élite y visión cosmopolita; que florecían los think tanks como espacios de generación de fórmulas adecuadas a cada país que deseará consolidarse como democracia, y que cualquier alternativa que no abrazara en su totalidad la defensa de los derechos humanos, el crecimiento económico, el incremento de los niveles educativos, el libre tránsito y el fomento a la participación política de otros colectivos suponía una regresión al oscurantismo del que habíamos salido como humanidad. Sin embargo, el tiempo político es siempre y nunca hay discusiones anacrónicas ni temas superados.

El atentado a las Torres Gemelas en septiembre de 2001 marcó el inicio de un siglo XXI que avanza con sendos tropiezos, la crisis financiera de 2008 puso en jaque al modelo financiero y la bursatilización de la economía y hasta la política, la creciente desigualdad en regiones de Asia, América Latina y Europa del este que ha motivado el surgimiento de expresiones contra la globalización económica y los movimientos migratorios, la irrupción del islamismo radical en Asia central y el cáucaso septentrional, así como las notorias contradicciones internas en los Estados Unidos, dan cuenta de que muchos cantaron victoria antes de tiempo.

El más grande error es dar por sentado que la historia tiene un sentido lineal, lógico y progresivo. No es casual que el modelo democrático liberal estadounidense y europeísta de libre mercado esté en plena disputa respecto a otras plataformas como el marxismo-maoísmo chino de economía mixta, el neoimperialismo ruso bañado de tintes nacionalistas contrarrevolucionarios, y el reajuste de coordenadas que actualmente atraviesa toda América Latina con la revisión y rescate de los principios de las revoluciones mexicana, cubana, bolivariana y boliviana, por mencionar sólo algunas.

El telón que pareció haberse bajado de una vez y para siempre, se levanta por completo para mostrar que en el gran teatro del mundo la trama no ha terminado… y acaso no lo hará hasta nuestra extinción. En esta lógica, la discusión sobre las plataformas ideológicas que actualmente chocan en el mundo y que explican parte de los acontecimientos descritos anteriormente, no puede estar disociada de la que en México plantea la configuración de un proyecto de nación emanado de un gobierno de izquierda nacional-popular que obtuvo el poder mediante una amplia alianza partidista. Esto es más relevante cuando el discurso promete un cambio de régimen. Así entonces, frente a las contingencias que se presenten en el sistema internacional, particularmente complejo respecto a décadas anteriores, México debe entonces plantear los retos y desafíos de su política exterior en este nuevo siglo no sólo en relación con los Estados Unidos sino en referencia a nuevos actores y procesos globales que siguen alterando y poniendo a prueba el sistema de relaciones internacionales. Y es que una de las posibilidades a concretar es el tránsito hacia un mundo policéntrico.

A propósito de esto, el Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI) publicó en noviembre pasado el documento “Una buena política exterior contribuye a una buena política interior”, en parte respondiendo a las declaraciones del presidente Andrés Manuel López Obrador que sostiene que “la mejor política exterior es una buena política interior”, y brinda apuntes que valdría la pena problematizar más allá de las teorías de relaciones internacionales vigentes como el neorrealismo, el liberalismo – con énfasis en la teoría de la paz democrática -, el marxismo o el constructivismo, que tienen serias limitantes ante las transformaciones que hoy vemos.

El escenario global.

De manera general, no puede soslayarse la configuración de una nueva realidad internacional ante el retraimiento parcial de Estados Unidos y el creciente protagonismo de la República Popular de China que marca una rivalidad desconocida, según algunos, desde la Guerra Fría. La búsqueda de acuerdos para detener la guerra comercial entre ambos países se da no sólo por beneficio de ambos sino para no desatar desequilibrios regionales en la lucha por los mercados, el acceso a materias primas, el control de los energéticos en el mundo y la influencia política que esto genera. A ello deben sumarse las fricciones por la soberanía cibernética y las nuevas definiciones de seguridad que se gestan a partir de las necesidades de ambas potencias y que ponen a debate ciertos derechos y libertades como la de expresión, de tránsito y de organización.

Rusia es otro actor al que debe ponerse especial atención. Los últimos años su política exterior ha sido agresiva en un afán por aumentar su influencia en regiones como Asia-pacífico, Euroatlántica, Oriente medio o Asia Central. Aprovechando las renuncias y retrocesos parciales que ha hecho Estados Unidos desde la administración del presidente Trump, así como las fricciones que este país tiene con antiguos aliados, Rusia ha sido proactiva en la búsqueda de mercados e inversiones que permitan modernizar su economía, fortalecer la independencia de su seguridad estratégica y robustecer su visión de una economía política no occidental.

Por su parte, la Unión Europea, conformada hasta ahora por 28 países (aun no se concreta la salida del Reino Unido de este bloque comercial), se ve amenazada por el resurgimiento de nacionalismos, de movimientos de extrema derecha, de migraciones masivas y de radicalismos religiosos que atentan al corazón de la integración política que se gestaba desde hace décadas. Por si fuera poco, de manera particular, países como Francia, España, Italia o Polonia tienen que lidiar con los efectos negativos de políticas fiscales regresivas y políticas económicas de integración que acentuaron nuevas desigualdades que pasaron desapercibidas por supeditar la discusión pública al europatriotismo económico.

Mientras tanto, América Latina se convulsiona por las desigualdades legadas ante el fracaso de la Marea rosa (o la vuelta a la izquierda) que gobernó en el albor del siglo poco más de una decena de países y, particularmente, por la incapacidad ya no digamos de transitar hacia una integración económica regional como de superar el ensimismamiento exacerbado de élites políticas y económicas que en casos como Argentina, Venezuela o Brasil fragmentaron el sistema de partidos, debilitaron exiguas instituciones y permitieron un naufragio ideológico que trajo consigo una ola de conservadurismo y reacción.

El mundo árabe, ausente prácticamente de la discusión pública en México, muestra una división más profunda y aguda, atravesada por conflictos étnicos y religiosos, entre países extremadamente ricos como el Reino de Arabia Saudita, Qatar, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos y “estados fallidos” como Siria, Líbano, Iraq y Eritrea detonada en gran medida por la intervención occidental.

Desafíos de la política exterior mexicana en un mundo policéntrico.

La política exterior es una de las principales funciones de cualquier Estado y se fundamenta en el interés y la seguridad nacional alineada a un proyecto político y económico. A este respecto, nuestra Constitución es muy clara al señalar que los responsables son, en este orden específico, el Presidente y el Senado sin menoscabo de que otros actores pueden ser partícipes. México es uno de los pocos países que establece en su texto constitucional los lineamientos de la misma. Si bien es cierto que en lo general no han habido variaciones considerables del artículo 89 de nuestra Carta Magna, vale pena decir que para efectos prácticos la política exterior mexicana ha cambiado en los últimos 80 años.

Como bien señalan Marcos Moloeznik y Patricia Solís, nuestra política exterior pasó de ser una proteccionista, formalista, de principios y nacionalista, particularmente entre 1940 y 1982, a una más pragmática, pro-estadounidense y con énfasis en lo económico y comercial por sobre lo político-social desde la llegada de gobiernos tecnocráticos de corte neoliberal. Este último enfoque se afianzó con los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón provocando que México se distanciara de América Latina y otros aliados para estrechar la relación con Estados Unidos que, derivado de su política de defensa, detonó el proceso de militarización de nuestra seguridad pública.

En la coyuntura de las transformaciones descritas anteriormente y de un cambio de gobierno en México que rescata valores nacionales y populares, el primer reto es volver a concebir la política exterior como reflejo de nuestras necesidades como Estado-nación. En esto que el sociólogo franco-libanés Amin Maalouf señala como el desajuste del mundo, la política interna debe coordinarse con la política exterior de manera que los procesos de reconfiguración del Estado mexicano queden claros no sólo hacia la comunidad internacional sino que permitan abonar al proceso mismo en relación con los acuerdos que puedan refrendarse o replantearse en los foros multilaterales.

Para decirlo de manera concreta, esto implica poner un alto al excesivo bilateralismo que pasadas administraciones sostuvieron en un afán por acelerar la integración económica con los Estados Unidos. Por supuesto, no puede menospreciarse la complejidad de la relación que existe entre ambos países pero la búsqueda de mejores acuerdos comerciales y los esfuerzos coordinados de combate al crimen organizado no deben necesariamente implicar que México acepte todas y cada una de las posiciones del gobierno estadounidense. En este proceso de replanteamiento del Estado mexicano valdría la pena recordar lo que certeramente señala el internacionalista mexicano Bernardo Méndez Lugo en su ensayo ‘Política exterior de México y soberanía nacional’:  


“…si sabemos responder con inteligencia, patriotismo y mesura se podrá rescatar la viabilidad del estado nacional mexicano pero si en nuestras respuestas dominan las acciones y políticas públicas que solo reproducen las inercias de la adaptación pasiva y reactiva a las tendencias globalizadoras, estaremos observando el desmoronamiento paulatino de nuestra capacidad soberana como estado nacional.


[…] Para poder responder a los desafíos de la política exterior se requiere entender y conocer nuestra historia, los procesos contemporáneos a nivel nacional e internacional pero buscando vincularlos a una perspectiva de país o dicho de otra forma, de lucha por salvaguardar el estado nacional mexicano en contextos políticos y sociales donde se intenta redefinir el concepto de soberanía.”

Actualmente, parece que las únicas fórmulas conocidas son el crecimiento económico y la securitización del mundo que han sido la tónica en un sistema de relaciones internacionales definido por la globalización económica. Sin embargo, ante amenazas inminentes como el cambio climático, las migraciones internacionales masivas, la transfiguración del capital y la propiedad privada, las implicaciones éticas del desarrollo científico-tecnológico y el surgimiento de nuevas desigualdades, se vuelve imperativo plantear y afinar estrategias de política exterior como el disenso negociado partiendo de un análisis específico de nuestra relación con otros países y de los contextos regionales. Quizás, por el momento, ésta sea la única que nos permita concretar alianzas con distintos países más allá del tamaño y beneficios que puedan darnos sus economías.

El referente más claro ha sido quizás la postura de México ante la revolución cubana que no impidió continuar negociaciones comerciales con los Estados Unidos en un contexto de mucho mayor polarización que el actual. Un ejemplo más reciente es el Plan de Desarrollo Integral presentado por México junto con El Salvador, Guatemala y Honduras, en el marco de la Conferencia para el Pacto Mundial de Migración el pasado 10 de diciembre, que se concretó meses después de la firma del T-MEC. La firma de este Plan permite que el gobierno mexicano pueda iniciar negociaciones con Estados Unidos y Canadá para concretar inversiones por parte de dichos gobiernos y la iniciativa privada para hacer frente a la migración centroamericana.

Cuando atestiguamos nuevos antagonismos mundiales es necesario recuperar el debate sobre lo que entendemos por solidaridad global. Por un parte, ésta se debe construir para asegurar la conservación y preservación en el tiempo de los Estados como figura central de la Historia moderna, pero también debe estar dirigida hacia los oprimidos y los excluidos a partir de sus condiciones concretas y no de un humanismo abstracto que se expresa en mera empatía. El disenso negociado es una de tantas vías para romper el maniqueísmo que parece dividir al mundo entre demócratas liberales o nacionalistas conservadores.

Remedios Varo, en una de sus últimas obras, plasma una visión de profunda introspección y alude a la búsqueda de un camino propio al apartarse de lo establecido. La gran espiral doble que conecta lo interior con el exterior, y por el que transitan seres extraños, puede servirnos de alegoría para comprender el complejo proceso que debemos emprender. México tiene que recurrir a sus adentros, a su historia, para revisar las herencias que le permitan consolidar una identidad nacional para este nuevo siglo. Al mismo tiempo, este proceso debe ayudarnos construir la identidad pública que tendremos en nuestra relación con los demás actores en el gran teatro del mundo. La política interior como la exterior son caminos distintos dentro de una misma estrategia. Ante la emergencia de un nuevo orden mundial que es imposible prever, la conciliación entre ambas puede permitirnos sino adelantarnos al futuro, sí evitar que nos perdamos entre la nostalgia de utopías autárquicas y la ingenuidad de la integración global.

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